El toreo, al fin, parece que le va pudiendo a los business. Pongan affaires, me gusta más. Ni despachos, ni lobbies -es más esclarecedor decir lobby que G10- parecen haber rechistado esta semana y se ha podido escuchar con mayor nitidez la música del toreo. Silencio roto sólo por las declaraciones de Juli en El Mundo, buena entrevista por mucho que a muchos nos rechine ese papel de represaliado que se adjudica. Yo, si toca ponerse de parte de alguien, me pongo de parte de Juli, por vocación más que por razón, pero no es eso, no es eso. Si Juli está represaliado el resto andan/andamos encadenados. En las putas galeras diría. Pues eso, que a cuenta del silencio de los jefes -digamos inactividad ejecutiva- y gracias a que la Semana Santa ya no es lo que era y un Viernes Santo obliga al mismo recogimiento que otro viernes cualquiera, comenzó muy pronto a hablarse de toros. Desde Arles retumbó una tarde triunfal. Garcigrande, Padilla, Bautista y Castella. Once orejas como once soles, como en los años sesenta, cuatro o cinco toros embistiendo y la gente contagiada y los puristas mosqueados con el habitual no era para tanto. No tengo opinión sobre si era o no era para tanto, sólo sé que tardes así, caso de ser verdaderas, son el mejor ungüento contra los males de la Fiesta. Prefiero la discrepancia a la deserción. A mí me animó a esperar al sábado y al domingo y a las ferias que vienen con más ilusión, porque a los toros se va con ilusión o si no mejor se queda usted en el casino de su pueblo.
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