No hay nada más revolucionario y moderno en la creación artística que lo clásico. Eso sí, a condición de que se cumplan los cánones a rajatabla, sin concesiones a la galería y con sabiduría y personalidad. Y el toreo, como arte, no tiene por qué ser distinto. Ahí está el triunfo de Pablo Aguado en Sevilla y dos días después en Valladolid. Cuatro toros han bastado para colocar al sevillano en boca de toda la afición y abrirle las puertas de las principales ferias de primera de España. Otro axioma ha quedado demostrado con el éxito de Aguado, y es que para torear bien de verdad hace falta mucho valor.
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Retorna el toreo eterno
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