Entonado el Pobre de mí, queda el recuerdo de un San Fermín espléndido. Mucha gente en la plaza, mucha paz en la calle, pocos percances, en realidad una milagrosa normalidad en ambiente tan intenso, tan vivido, tan pasional, de tanto toro… y hubo dos toreros sobre todos, uno que llega y otro que se va, Roca y Padilla. Dos truenos con un pañuelico en el alma, dos tipos que ni nacidos con la marca San Fermín encajan mejor con el santo. El peruano reafirmó su deslumbrante momento. Podría decir pletórico momento, también gozoso por el gusto que da verle pisar la plaza con tanta disposición, por su impactante seguridad, sus andares dominguinescos, por su ver toro en cualquier parte e incluso ver muchos toros que otros no ven… Se podría hablar también de la plenitud de RR si eso no supusiese ponerle límite a su desarrollo. A mí y a cualquiera nos gustaría pensar que su plenitud está por llegar. ¡Y está por llegar!
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Roca y Padilla, la tormenta perfecta
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