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Rugidos de gloria, rugidos de ira

Madrid con su San Isidro sigue marcando el ritmo en el toreo. Esta tercera semana, todavía resta la cuarta, hubo varios llenos totales -¿quién dijo crisis?- disgusto con el juego de los toros y dos momentos en los que el público de la capital rugió, que es término que define todo lo de pasional que tiene el toreo. Lo hizo para bien y para mal, en señal de júbilo absoluto y como explosión de cabreo total. En un caso y otro un gran espectáculo. Veinticinco mil almas apretujadas, el sol y la sombra de acuerdo, ricos y tiesos arrebujados, en realidad todo el arco parlamentario codo con codo clamando hosannas o improperios es un momento imponente. Las primeras fueron para el joven Ángel Téllez que llegó poco menos que por la cota de proximidad, el chico es de Toledo, y se le proclamó triunfador por unanimidad, al punto que ahora mismo es poco menos que un mesías emergente dispuesto a ocupar asiento en la bancada de los mandamases a poco que insista en su programa. En realidad todo un hallazgo. El otro, el de las broncas, fue Morante, no hay que alarmarse, los de su género siempre convivieron con esos levantamientos populares. Diría que en su caso se echaban de menos, que su regularidad y constancia era una rareza que empezaba a empañar su imagen de artista. Lo de su última tarde en Madrid no es nada que ponga en peligro su reconocimiento ni su halo de genio, en cuanto decida arrebujarse en unas verónicas o improvisar una de sus ocurrencias decimonónicas y ya no digo si liga una serie de naturales de esos en los que torea hasta con la mirada, todos los que le increparon –y cómo chillaban aquellos malditos que éramos todos- lo volverán a acoger en sus regazos y hasta pedirán andas para sacarle en procesión.

No crean, no es nada nuevo, sucedió así desde que el toreo es arte expuesto al juicio del pueblo. Las grandes broncas tienen sitio en la historia del toreo y hasta el paso del tiempo las ennobleció y fueron consideradas como logros y referencias que se transmitían de generación en generación. Las del Guerra en ese mismo Madrid fueron épicas hasta que el califa cordobés descubrió a un vendedor voceando ¡Pitos para el Guerra! y le llevó a decir aquello de que ¡En Madrid que atoree San isidro! y no volvió. Míticas fueron las broncas a El Gallo, incluidas las que le dedicaban en Valencia donde le gritaban ¡deshonrat! las tardes de anemia artística, nada que impidiese que volviesen a sacar entradas para verle por si acaso le llegaba la inspiración. Y ni que decir las de Cagancho, gitano de ojos verdes al que Corrochano calificó como “la Talla de Montañés” por su figura y que el ilustrador de un periódico de la capital resumió con una viñeta genial, un ratón en el calabozo entre preocupado y sorprendido, mientras comentaba a los otros presos ¡las siete y Cagancho sin llegar! en referencia a la frecuencia con la que las fuerzas del orden ante la dimensión de los escándalos que provocaba el gitano se lo llevaban detenido de la plaza.

CURRO EN SOL 

Todo ello sin olvidar las que recaían sobre Curro Romero, como aquella tarde en Madrid en la que el Faraón se negó a matar un toro vaya usted a saber por qué mal presentimiento y los grises se lo llevaron detenido hasta los calabozos de Sol donde pasó la noche. Trance en el que el periodista valenciano Julián García Candau le echó el valor que le había faltado al diestro, se hizo pasar por camarero del Lardy, y entró a tan tétricas dependencias para servirle la cena al maestro y de paso le arrancó unas declaraciones que fueron todo un hito periodístico. Hay que decir que el día siguiente, ya libre, Curro, entonces casado con la Piquer, volvió a torear en Madrid y salió en hombros por la Puerta Grande, elevando al territorio celestial su gloria terrenal. Dicho lo dicho hay que convenir que la bronca de esta semana a Morante no ha sido nada nuevo, incluso que le queda margen para superarse.

Mientras, en Valencia, aunque con retraso, han trascendido los carteles de la Feria de Julio. Viene Morante, siempre es un gusto; viene Roca que también escuchó el rugir de Madrid y al que solo el mal uso de la espada le impidió abrir la puerta grande; se le hace justicia a Román y a Última hora del sábado Aplausos adelantaba que Téllez ocuparía el puesto que la empresa había reservado para triunfador de Madrid en la tarde de los fuenteymbros, solución que ha resultado de lo más acertada.

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Rugidos de gloria, rugidos de ira

José Luis Benlloch

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