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Samuel Navalón dispara las ilusiones

Los festejos taurinos de estas Fallas arrancaron con buenos presagios. A tomar viento pues aquella creencia gitana que asegura que no quieren buenos principios para sus hijos. Al fin y al cabo, digo yo, que lo que va delante va delante. La novillada sin caballos del prólogo tuvo buen ambiente, cinco novillos de Jandilla embistiendo, el sexto que en la plaza fue el cuarto resultó el más desabrido y seis chicos que saben torear. Los chicos de ahora, la gran mayoría, saben torear, otra cosa es que luego tengan suerte, persistan ante la exigencia profesional, ya se sabe que el eral no es el toro, santa palabra el toro, la inquisición o poco menos, la selectividad más radical; y además deben tener ese toque que reparte, supongo, el espíritu santo o la madre naturaleza, que hace que haciendo lo mismo o parecido, aquello crezca, luzca y enamore o por el contrario caiga en la vulgaridad, pero saber torear saben la gran mayoría.

Ayer fue Samuel Navalón, el de Ayora, que juega con la camiseta de Albacete si se me permite el símil, quien se destacó por encima de todos en esa locura de ser torero. No quiere decir que lo tenga todo hecho, que en esto del toro nada es seguro, pero lo de ayer tuvo crédito de futuro y si eso lo sumamos a lo que hizo los últimos días en Vistalegre, en Ciudad Rodrigo o en las pruebas de Arnedo hay que convenir que ya no es casualidad. Y la noticia puede tener más trascendencia de lo que supone el triunfo de un chavalín. Tan necesitados como estamos de revulsivos en esta tierra puede considerarse agua bendita, ya se sabe que en el toreo no hay mayor estímulo que el triunfo de un torero de casa. Ayer se mostró sobrado, seguro, con el temple de los buenos toreros; además lo cogió feamente y ni se miró, que en los chicos es como la prueba del algodón. No mudó el color decían los mayores. Luego pinchó, le dieron una oreja porque los presidentes no aciertan a distinguir entre mayores millonarios y los chicos. Alguno dirá que no hay que mimarlos, pero ayer este Navalón se ganó la segunda oreja y la consiguiente puerta grande.

El otro valenciano, Alberto Donaire, no tuvo suerte en el sorteo. Se llevó el único jandilla complicado, pero aun así tuvo momentos espléndidos. Torea pausado, con gusto exquisito, con profundidad, tiene el don, el día que le acompañe un novillo que se ate los machos el mismo Navalón. Sería el complemento perfecto para levantar la afición, la gran suerte de ambos.

El resto de espadas, El Quitos, Ignacio Boné, Javier Aparicio, de Castellón, y Martín Morilla, nieto del que fuese apoderado de Jesulín, tuvieron momentos interesantes, diría que sacaron nota, ahora, a unos y a otros, les toca persistir.

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Samuel Navalón dispara las ilusiones

José Luis Benlloch

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