La temporada se ha vestido de rojo sanferminero. Es lo que toca y es un alivio. Este año lo esperaba con especial ilusión. Muero por ver una plaza atiborrada. Deseos muy compartidos en el toreo sabido como se sabe lo que aprieta el toro de la crisis y lo necesario que resulta que los que llevan la manija política noten que el toreo tiene vida y respaldo social. Y loco estoy por comprobar cómo los aficionados son capaces de darle la espalda aunque sea por unas horas a la puñetera crisis y sonreír. La ocasión la pintan calva, con San Fermín no pueden ni los mundiales, ni los ibex ni los pib, ni las listas del maldito paro, ni las fusiones ni los tocapelotas de siempre que un año más montarán su numerito, ya saben, ese encierro de guiris embadurnados de simpleza y olvidados de todo lo anterior, que lograda su cuota mediática, aparecerán en teles y diarios, se largarán con sus monsergas a otra parte. Pues vayan ustedes con Dios… ésta es la grandeza y la fuerza de la tradición. Lo nuestro es nuestro. Este año, por todo eso y por más, los sanfermines asumen responsabilidades terapéuticas: contra el dolor de cabeza, las preocupaciones sociales, el estrés económico y los temores varios, unas horas de distensión, emociones y toreo son remedio inmejorable contra todos los males. Todo está a punto, el mundo está a punto, a los jóvenes ya les llevan las piernas para recibir los sanfermines, hasta la nueva web de APLAUSOS ha hecho alarde de imaginación y ha diseñado una maravilla digital para que estemos informados en tiempo real. Todo es como una superproducción. Iba a escribir ¡Silencio, se rueda! pero no toca, mejor será un ¡Música, se vive! Pues eso, que… ¡Viva San Fermín!, pedazo de película.
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San Fermín, ¡pedazo de película!
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