En ocasiones siento cierto hastío ante los dimes y diretes que genera el mundillo de la Fiesta de los Toros. Puede que el problema radique en que me estoy haciendo viejo y veo las cosas cada día con mayor distancia, hasta el punto de que algunas se me difuminan ya en un punto no tan lejano del horizonte. Puede. Quizás sea la edad y el tiempo que hace verlo todo de otra manera, pero lo cierto es que en muchas ocasiones tengo la impresión de que estoy perdiendo afición a una fiesta que durante la mayor parte de mi vida ha sido consustancial con mi manera de ser, de pensar y de sentir. Vivir el ambiente taurino que rodeaba a la corrida era para mí un disfrute añadido porque aquello tenía un aroma único. Sin embargo, de un tiempo a esta parte no aguanto ese entorno más de cinco minutos sin sentir náuseas.
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Se acabó el romanticismo
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