El otoño siempre se ha caracterizado por el inicio de la temporada mexicana y por el baile de toreros y apoderados. Es de suponer que ese rigodón tiene que ver, en unos casos, con la liquidación del ciclo que termina -el maldito parné- y en otros con el incumplimiento de las expectativas con que se inicia el anual periplo cuando estalla la primavera, para terminar con los primeros fríos. Pero el final de fiesta de hogaño ha quedado teñido por el anuncio de Juan José Padilla de que la de 2018 será su última temporada vestido de luces. Y es que el de Padilla es un nombre emblemático que ya está en la historia del toreo. El jerezano será recordado dentro de cien años como un torero de bronce, y no sé si circulará en coplas como Paquiro, Pepe-Hillo, Desperdicios, Tragabuches, El Gordito, El Tato, El Espartero y todos aquellos que escribieron con su sangre gestas inolvidables en las páginas de la Tauromaquia, pero por ahí andará la cosa.
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