El fallecimiento de Diego Puerta Diánez debe servir para dejar claro a los puristas estomagantes que el toreo es un arte popular, en el que, por su propia naturaleza, la última palabra sobre quién es quién en la Fiesta la tienen los públicos, que son los que con su asistencia a las plazas o el despego de las taquillas deciden. Y Diego Valor fue una primerísima figura del toreo que prologó su carrera en posición de “primun ínter pares” durante casi dos décadas. Comenzó de novillero como un tejón, que peleaba a sangre y fuego contra todo lo que salía por la puerta de toriles, y terminó siendo uno de los más conspícuos representantes de la llamada escuela sevillana.
Lo que ocurre es que con Diego, como paso con Manolo González, para los que se quedan en las primeras matas, el exceso de bragueta tapó de alguna manera la auténtica tauromaquia que ambos representaban. Es el problema de ser artista y a la vez valiente, que parece como si muchos consideraran que son dos conceptos incompatibles...
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SE NOS FUE UN GRANDE DEL TOREO
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