Semana de héroes. Acompañé a mi hermano Padilla en el año siete después de aquel retorno a la vida y el milagro, adonde empezó todo, en Olivenza. La ciudad le trató como un héroe y tenía razón. Menos de cinco meses después del Hiroshima de Zaragoza, tapados los parches, hecho un pincel por fuera y con veinte operaciones pendientes, El Pirata volvió a surcar los mares de la Fiesta. Padilla, diecinueve años hablando con miuras y siete alternando con las figuras. Esos dos circuitos, de piedras uno, de asfalto y moqueta el otro, tenían en Olivenza principio y fin. Eso es lo que duele. Pese a los deberes hechos y el corazón al ralentí. Los toreros, cuando cuelgan los trajes de luces, se apagan las luces de la emoción, los miedos y la gloria. Ahora se levanta cada mañana sin los fantasmas del miedo y el valor, y ya no hay adrenalina ni toro a la espera ni la vida en un hilo ni el público ni la puerta grande. Y no es fácil bajar del Olimpo, pelear en Troya, ganar mil batallas y al día siguiente, hablar con el fantasma de la paz, jubilar el traje de luces y no volver a mirar los ojos del toro. Padilla está tranquilo con su misión cumplida. Pero ya sabe cómo es la terrible soledad del final de las batallas.
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