Desde hace cuatro años Cataluña es más libre. Y Barcelona más justa. Más moral, más ética. Ha bastado con prohibir las corridas de toros para que Pujol no se lo lleve, la herencia de Melilla sea el oro del moro, Cenicienta rompa aguas de cava, para que el tres por ciento del derecho de pernada no haya existido y para que un plebiscito ganado sean unas elecciones en las que, independentistas unidos, han sacado menos votos que los demás, que están a la greña. Sí. Barcelona y Cataluña son la leche. Porque no hay toros.
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