"Necesito una pierna nueva". Sergio Rollón repite esta frase casi como un acto reflejo. No mira a nadie en particular cuando la dice, ni busca que nadie le responda. De su última operación guarda como recuerdo una herida cerrada por veintiséis grapas y, un poco más arriba, su piel dibuja el recorrido exacto de la cornada. Han pasado ya seis meses desde que el pitón del tercer novillo de Hermanos González de aquella tarde en Valdetorres de Jarama atravesó el triángulo de Scarpa, perforando las venas femoral y safena, las grandes autopistas de sangre que riegan la extremidad.
Sergio Rollón, en el hospital de la Paz de Madrid.
Es media mañana y las calles de Madrid rugen por el insostenible tráfico que las ahoga. Suena Autofotos, de Melendi, mientras Rollón se dirige hacia su segunda revisión médica del día. No ha pasado tanto desde su última operación -una más en una lista que empieza a ser larga- y, sin embargo, no hay rastro de abatimiento en su gesto. Sonríe y habla de su inminente reaparición -este viernes- en Valdemorillo. “No me queda nada. He matado algunos novillos en el campo. El primer día que volví a entrar a matar al carretón en vez de mirar dónde iba a meter la espada sólo podía fijarme en los cuernos”, dice. Al final del Paseo de la Castellana le espera el hospital de la Paz. Aquí le trajeron en helicóptero desde Valdetorres de Jarama tras la grave cornada. Veinte días estuvo ingresado, veinte días que pararon la temporada y su paso por el Circuito de Madrid en seco. Vuelve a aquella planta que, durante un corto periodo de tiempo, fue su hogar. Deambula por el pasillo, flanqueado por carros con vendas y medicinas, y reconoce el lugar exacto de la habitación. Está vacía. En la cafetería del hospital, Carmen, su madre, vuelve a aquel día: “A él se lo llevaron en el helicóptero y nosotros vinimos hasta aquí en coche. Recuerdo verle llegar al hospital en la camilla, blanco como el papel”.
"El primer día que volví a entrar a matar al carretón en vez de mirar dónde iba a meter la espada sólo podía fijarme en los cuernos"
En la propia plaza de Valdetorres de Jarama a la familia le dieron una versión descafeinada de los hechos; tampoco Sergio fue consciente de la gravedad. La verdad llegó después. “Yo preguntaba sólo si pasaba a la final. Estaba convencido de que iba a poder torear a los pocos días”. La realidad fue otra: un trombo en un pulmón, fiebres persistentes, desmayos. “Veo mucho el vídeo de la cornada”, dice. “Bueno, la cornada, la faena, la faena y la cornada…Yo no noté nada, pensé que sólo me había roto la taleguilla. En cuanto me levanté vi que había mucha sangre y sabía que llevaba algo, pero no pensaba que era tan grave”.
Cicatriz de la última operación de Sergio Rollón.
Como parte del proceso de recuperación y puesta a tono para llegar a Valdemorillo, Rollón retoma también las sesiones de fisioterapia en la Clínica Ignition, en Pozuelo de Alarcón. Por las manos de Roberto Martín -fundador del centro- y de su equipo han pasado nombres como Javier Cortés, Alberto Lamelas, el futbolista Brahim o la tenista Paula Badosa. Allí, Sergio explica que todavía nota la pierna acorchada, dormida. El diagnóstico del fisioterapeuta es preciso: un nervio que no suele tenerse en cuenta al hacer la incisión, nada preocupante. Mientras Martín desliza el ecógrafo por la cicatriz, Rollón observa la pantalla en blanco y negro con curiosidad. “Eso que ves son restos del sangrado. Está absorbiendo bastante bien”, le explican.
"Veo mucho el vídeo de la cornada. Bueno, la cornada, la faena, la faena y la cornada…Yo no noté nada, pensé que sólo me había roto la taleguilla. En cuanto me levanté vi que había mucha sangre y sabía que llevaba algo, pero no pensaba que era tan grave"
Sobre el río que traza en su piel la cicatriz, Roberto clava tres agujas con una precisión casi quirúrgica. A ellas se conecta un leve pulso eléctrico que despierta el nervio. El músculo responde con pequeñas sacudidas; Sergio aprieta la mandíbula, pero no se queja. “Cuando me tratan la cicatriz es lo que más me gusta”, comenta. “Duele, pero es agradable”. Mientras, hablan de cualquier cosa. De la tarde de Nochebuena, de la dulzura del vermú; la normalidad como refugio. La sesión continúa con láseres, luz roja concentrada sobre la herida para acelerar la regeneración de tejido, ejercicios de fuerza… No hay atajos, sólo repetición y, como bien afirma Rollón, “paciencia, mucha paciencia. Tengo mucha presión por llegar, pero me apetece volver a torear”.
Sergio Rollón habla del futuro con cautela. “Tengo algunas cosas habladas en la temporada, pero soy consciente de que Valdemorillo es la bala que tengo. No puedo permitirme estar mal”. Reconoce también lo difícil que es el camino de novillero hoy en día: “Si no llega a ser por la cornada, tampoco habría toreado mucho más”.
Además de Valdemorillo participará de nuevo en el Circuito de Madrid, y también volverá a Valdetorres de Jarama el 12 de septiembre mano a mano con Álvaro Serrano. Ante la pregunta de si toreará en Las Ventas este 2026, plaza en la que ya toreó sin caballos en la final del certamen “Camino hacia Las Ventas”, Rollón afirma que, aunque le ofrecieron un hueco en el ciclo madrileño, no quiere ir. La monumental, dice, hay que pisarla cuando toca. “A Madrid hay que ir bien, no para pegar un petardo. Quiero estar más rodado después de la cornada antes de torear en Las Ventas”.
Suena Melendi de fondo; el coche avanza hacia otra revisión, otra sesión de rehabilitación, otro tentadero. La cicatriz, que antes de serlo gritó como herida, se va cerrando lentamente. Y la cabeza, incluso después de todo, sigue en la plaza.
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Sergio Rollón: cicatrices de un regreso
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