Sigue encendida la llama de las emociones en el pebetero venteño. Y más que la avivó Miguel Abellán. Raza de torero. No es novedad, así que no hay que extrañarse, sólo alegrarse. Miguel siempre tuvo ese carácter volcánico que mostró el viernes y también muchas condiciones de torero grande. El misterio sigue siendo el porqué no está donde los grandes, me refiero a los que pueden elegir ferias y carteles, que otra cosa son los grandes de espíritu que él lo es, ya lo creo que sí. Esa salida de la enfermería, el encuentro, dramático, con el compañero herido que hacía el camino inverso, la firmeza que mostró ante el toro que momentos antes había ordenado desde la enfermería que le guardasen, confirma la grandeza de su espíritu y su carácter ganador. Un tipo grande ese Abellán sólo que las cuestiones del espíritu, por mucha literatura que le pongamos, no pasan de ser argumentos para libros de caballería y seguramente no compensan de tanto sacrificio ni tanto envidarle a la vida. La injusta realidad es que otros con bastante menos, navegan en las procelosas aguas de las figuras mientras él, Abellán, ha estado a punto de perderse taurinamente por los vericuetos de la supervivencia y la incomprensión. Lo mejor de esta historia es que aún puede tener un final feliz. Sería de ley.
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