Se van a cumplir sesenta años del primer abono de Fallas y por ende, de la primera temporada completa que viví y disfruté como nunca imaginé en Valencia. Aquella feria fue el preludio de lo que acabaría siendo una temporada ejemplar, de las de enmarcar, esencialmente porque además de celebrar quince corridas de toros: cuatro en San José; una el día de la Virgen de los Desamparados; nueve en Feria de Julio, y otra más en agosto, se celebraron hasta veinticinco novilladas con picadores. Sí, no se froten los ojos, porque están debidamente documentadas, veinticinco.
Echando cuentas, recordando todo lo vivido durante tan extenso período, te das cuenta que efectivamente sesenta años lo han cambiado todo. En los tiempos que vivimos es harto complicado que haya voluntad política para implicarse, y empresarial para invertir si no es a largo plazo, entre otros motivos, porque no les dan tiempo para rentabilizar inversiones. Dos voluntades, propiedad y empresa, imprescindibles para que el sueño deje de ser utopía. En aquella época coincidieron varios hechos que posibilitaron tan gran temporada. Una empresa que tenía el coso adjudicado a largo plazo; que los públicos eran más apasionados con los toreros que en la actualidad, y que coincidió con un plantel de novilleros de gran valía.
A todo ello, se unió que en Valencia, apareció un chaval de Torrente, Ricardo de Fabra en los carteles, que hizo que las gentes de nuestros pueblos tomaran el coso de la calle de Xàtiva como casa propia acudiendo tarde sí y otra también. Los aficionados hicieron que a Ricardo le diera réplica, a modo de pareja, quien también era considerado un valiente a carta cabal, Pedrín Benjumea, y entre los dos llegaron a sumar dieciséis paseíllos.
Entre los coletudos que completaron cada una de esas veinticinco tardes, los hubo de gran calidad como lo fueron los José Luis Capillé, Juan Antonio Alcoba Macareno, Carnicero de Úbeda, Paquito Cagancho, Chanito o Paquito Ceballos. Otros, como José Luis Segura, o Enrique Patón, buenos toreros pero que tuvieron que esperar para alcanzar gran relevancia como apoderados. Así como aquella concesión al exotismo que supuso el japonés Bong Way Wong. Todos ellos, recuerdos que llenan el espíritu y marcan el cambio.
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Sesenta años lo cambian todo
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