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Morante de la Puebla atravesó la Puerta del Príncipe, la segunda de toda su carrera, despacio, como su toreo, a hombros de seguidores y aficionados embriagados por lo vivido en la Maestranza. Ensalzado como un Dios, como si de un paso de Semana Santa se tratase, todos querían tocar al genial torero que minutos antes había hecho historia en el ruedo.
Tras cruzar el umbral no bajaron al diestro. Una marea humana se agolpó en torno a Morante que fue procesionado por todo el paseo Colón, con el tráfico cortado por la policía. Hasta el Hotel Colón se lo llevaron los aficionados entre gritos de ¡torero, torero! en una imagen que daba muestra del fervor vivido en una tarde que se recordará durante años.
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