A veces nos metemos en la manga sin necesidad de bueyes. Una boda, por ejemplo. Ese pasillo con el tendido 7 mirando a cada lado, hasta ponernos en suerte con el cura. Con el temple de la puya, la sangre llegando a la pezuña. Dicen: ahí va voluntario, va por amor. Y no es cierto. ¿Acaso no nos apunta al cuerpo la peor de las pistolas del calibre más perforador, eso que se dice amor y que es qué sabe nadie? Lo que hace la primavera. El amor es aquello cumbre que se jode cuando se menciona el adverbio siempre. El pan engorda, el trabajo cansa, y el siempre crea jartura. Y cangüelo. A quién no le asusta un siempre jamás. Más que uno de Miura. O de Cebada. Que tienen su lidia y no tienes que quedarte quieto. De eso va hoy. De meterse en la manga sin necesidad de bueyes. Inesperadamente.
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