La cornada sufrida por Jordi Pérez "El Niño de las Monjas" en la plaza de toros de Huallanca, uno de los quince distritos que conforman la provincia de Bolognesi ubicada en el departamento de Áncash del Perú, vuelve a poner de manifiesto una realidad: las deplorables condiciones en las que los matadores de toros se juegan la vida en estos pueblos andinos.
Las imágenes que circulan por las redes, con el propio torero valenciano taponándose la abundante hemorragia del cuello camino de un simulacro de ambulancia de la que fue bajado en una camilla en la que apenas cabía; el desespero de quienes trataron sin medios de echar una mano golpeando las puertas cerradas de la posta médica para finalmente ser atendido por videollamada por el doctor César Baltazar, un ángel de la guarda para los toreros que allí se juegan la vida, dejan en evidencia una vez más la organización de estos festejos, que se celebran sin las mínimas condiciones de asistencia médica, sin personal capacitado, ambulancia ni un protocolo de evacuación, sumado todo ello a las dificultades propias del paisaje del país que hacen que distancias que apenas se cubren en una hora por carretera se tripliquen.
El percance de Jordi Pérez, milagrosamente sin consecuencias fatales, debe abrir urgentemente un debate profundo sobre la necesidad de garantizar las condiciones médicas a los toreros en aquellas plazas. Hace ahora diez años, el novillero peruano Renatto Motta murió tras sufrir una cornada en la vena safena que no pudo ser atendida en la plaza de Malco (Perú) al no contar con enfermería, perdiendo la vida durante el trayecto a la localidad de Nazca.


