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Solera y embrujo de El Puerto

Todas las ciudades taurinas, todas las plazas del orbe taurino tienen, tras de sí, una bonita y más o menos interesante historia. Todos conocemos y admiramos, en el aspecto taurino, a Madrid y sus dos plazas (las Ventas y Vistalegre), a Sevilla y su Maestranza, a Córdoba y su plaza de los Califas, a Ronda y su Maestranza de caballería, a Málaga y su Malagueta, a Valencia, Bilbao, Pamplona, lo que fue en su día Barcelona y sus tres plazas de toros, Nimes, la monumental de Méjico, la Santa María de Bogotá, el coso de Acho en Lima, el Nuevo Circo de Caracas, y esto solo por citar algunas.

Pero El Puerto de Santa María y su Real plaza de toros son algo diferente, especial, al menos, para mí. Siendo todavía un niño, con seis o siete años, oía a mi padre hablar con sus amigos taurinos de El Puerto de Santa María con verdadera devoción. Decían que era diferente, que tenía duende, palabra que no entendía. Más tarde oí y leí la conocida y famosa frase que Joselito el Gallo pronunció en San Sebastián en el año 1916: “El que no ha visto toros en El Puerto, no sabe lo que es un día de toros”. Todo me hacía pensar que El Puerto y su plaza debían ser algo grandioso, único.

Tenía idealizada a la ciudad de El Puerto y a su Real plaza de toros. Cuando vi alguna corrida de El Puerto en TV me quedé totalmente impresionado. Era diferente a lo que hasta entonces había visto (la verdad es que yo estaba muy predispuesto positivamente); tenía duende, embrujo. Cuando tocaban las palmas por bulerías me llegaba a lo más profundo del alma. ¡Qué ambiente!

Ya para mí hablar taurinamente de El Puerto y su plaza era como si en música clásica habláramos de Viena, en arte de París, Roma o Florencia, en cante flamenco de Jerez, o en ciencia de la universidad de Harvard.

La vida me llevó, finalmente, a Cádiz, donde vivo desde hace 34 años, y lo primero que hice fue ir a El Puerto para ver detenidamente su plaza de toros, y por supuesto asistir a todos los espectáculos taurinos que allí se daban, que eran, al menos, ocho o diez en la temporada de verano, más su corrida de feria, en Mayo.

Poco a poco hice muchos amigos entre la gente del toro en El Puerto donde me encanta ir y hablar de toros con ellos, pues siempre aprendo mucho. Hablan de toros de forma diferente, con profundidad, con otro sentimiento, con mucha sabiduría, con mucho compás. Naturalmente también me encanta ver toros en El Puerto. A veces, las tardes que todo rueda bien, me imagino a los duendes del toreo revoloteando alegremente sobre el ruedo, y a todos los grandes maestros que escribieron en esta Real plaza páginas gloriosas, y que ya se fueron, desde El Gordito y Lagartijo que la inauguraron, hasta el maestro Emilio Oliva padre, fallecido hace poco, asomados a los balcones del cielo viendo la corrida y aplaudiendo.

Ahora comprendo la frase de Joselito el Gallo, y que en el Cossío (Tomo I, páginas 537-538 de la edición de 1997) se diga sobre El Puerto y su plaza de toros: “La tradición taurina de esta admirable ciudad apenas sí tiene parangón, por vieja e ilustre, con las de las ciudades de mayor prosapia torera, Madrid o Sevilla… Consta que antes de mediar el siglo XVIII ya se celebraban notables corridas de toros en la plaza llamada de las Galeras, que se habilitaba a tal objeto”.

Fíjense que el toreo a pie debió nacer en la década de 1720, pues consta que la muleta fue inventada por Manuel Bellón “El Africano”, y que se la copió Francisco Romero -primer torero a pie-, abuelo del gran Pedro Romero, cuando le vio torear con un trapo montado sobre un palo, en la ciudad de San Roque, año 1720. Por tanto, si antes de 1750 ya se daban muchas corridas en El Puerto debía de ser una de las ciudades referencia en el toreo a pie.

Admiro, reconozco y respeto la importancia, el encanto de todas las ciudades taurinas y sus plazas de toros, pero una tarde de toros en El Puerto tiene algo diferente, otro aroma. Yo siento que “La Real plaza de Toros de El Puerto de Santa María, puro embrujo, es la de mayor SOLERA del mundo, porque tiene la suya propia, obtenida a lo largo de la historia, más la que le añadió Joselito con su conocida frase. Ningún buen aficionado, sobre todo si es español, debería morirse sin haber vivido una tarde de toros en El Puerto de Santa María”.

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Solera y embrujo de El Puerto

Rafael Comino Delgado

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