Resulta revelador que, en la recién finalizada Feria de Albacete, considerada una de las ferias en las que sale el toro-toro, las tardes realmente redondas y emotivas han sido aquellas en las que se lidiaron toros más bravos, encastados y con el trapío armónico y sin exageraciones que debe caracterizar al toro bravo. La flor del ciclo albaceteño se la llevaron los hierros de La Quinta, Santiago Domecq y, por encima de todos, el de Torrestrella. Toros estos con movilidad, resistencia y duración a los que había que reducir para poder torearlos después. Al fin y al cabo, algo tan viejo y tan olvidado que, cuando se produce en estos tiempos de toros de diseño, sabe a nuevo. Con ellos se hacía realidad lo que dijo El Paleto de Borox: “Torear es poderles a los toros”. Y el público respondió. Y aquello sí que fue una fiesta.
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Sólo el toro puede salvar la Fiesta
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