Diez días en el paraíso terrenal menorquín le desconectan a uno hasta de su manera habitual de andar. Me fui con la alegría de una primavera que comenzaba a desperezarse para convertirse en verano, y la confortabilidad de un tercio de quites como sólo habíamos visto los más viejos del lugar, en el que Luque y Cayetano se empeñaron en reivindicarse con el capote ante Morante de la Puebla. Que ya es echarle cojones a la cosa. Atrás me dejaba también una tarde monumental de El Juli en la ídem de Barcelona, midiéndose, y sacando talla para cabo de gastadores, con el Fino de Córdoba y el mismísimo Morante. Este es el año del Juli, y hasta puede que simplemente uno de los primeros de una larga serie de figura cumbre del toreo.
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