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Soñar no cuesta nada

Casi todas las noches me duermo visionando las corridas que Movistar repite, con las más toreras actuaciones y los toros más importantes de los últimos años en Las Ventas del Espíritu Santo, allá donde la madrileña calle de Alcalá pierde su nombre y las floristas ya no vienen y van por ella como en La Verbena de la Paloma. Pues como tantas cosas, don Hilarión, la Casta y la Susana, hace mucho que son recuerdos vagos del Madrid castizo de La Chata, Vicente Pastor y el chotis de media vuelta en un ladrillo, la “parpusa”, la chaquetilla de pata de gallo y el pañuelo al cuello.

Hace apenas una semana que volví a disfrutar del toro “Pijotero” de Fuente Ymbro, fuerte, bravo, noble y repetidor, que sacó a hombros a Perera, que fue capaz de plantarle cara y cortarle las dos orejas. Es uno de los toros más importantes que he visto en los últimos años y el extremeño soltó con él uno de los mas estentóreos “kikirikís” de su carrera. Después de arrastrado “Pijotero”, me quede “roque” en la butaca extensible, hasta que cercanas las cinco de la mañana me desperté y me fui a la cama, adonde comencé a darle vueltas al sueño que había tenido empotrado en la butaca. Porque soñé, ¡vaya si soñé! Soñé que tres maletillas, uno, pequeñito de estatura, con descomunal coleta y una barba que se asemejaba a una carrera de hormigas cojas, escoltado por dos amiguetes, uno de ellos con vehículo incorporado y el otro con nombre de adminículo para guardar monedas, marchaban a paso ligero con el hatillo al hombro cantando “La Internacional”, aquello de “Arriba parias de la tierra, en pie famélica legión...”.

El paisaje que veía en mi ensoñación era el de aquel rincón de Cádiz donde pastan los toros de Ricardo Gallardo rodeados de lagunas y carrascas. Hablaban de “hacer una luna”, eso que ya no se lleva. Pero después de ver embestir a “Pijotero” todo era posible, y colegí que iban pegar el salto a la ganadería de Fuente Ymbro. Y así fue. El de la gran coleta saltó la valla y la luna, que dice la canción que “se llama Lola y el Sol se llama José” y que “la luna sale de noche y el sol al amanecer”, fue testigo mudo y asombrado de una faena del infrascrito a un toro -¡era “Pijotero”!- en la que hubo verónicas de alhelí, chicuelinas cascabeleras y naturales de seda y oro de tal tronío que se oía gritar olé a los ángeles del cielo. Los “coleguis” del barbicoletudo se desgañitaban en ovaciones y en torerísimos piropos: “¡Como los ángeles!”, “Ni Pepe Luis que resucitara”, “Morante, un gracioso a tu lao...”, “De ahora en adelante, Pablo I “El Grande”...”.

El Señor de los Cielos había hecho el milagro. El mayor enemigo que le había salido a la Fiesta de los Toros en muchos años había visto la luz. Seguro que ya no pensaría en someter a votación a lo que hasta esta noche había considerado un absurdo llamar cultura. Ya nunca más se sentiría incómodo por ello. Dios escribe derecho en renglones torcidos.

Fue como un sueño, un sueño que nunca existió. Pero soñar no cuesta nada...

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Soñar no cuesta nada

Paco Mora

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