Esa ovación en el arrastre, qué difícil es darla en vida. Será que así somos, sin remedio. Este ser humano que llevamos dentro lo sacamos a pasear atado con una correa cuando algo, alguien, nos recuerda que nuestras ínfulas tienen fecha de caducidad. Que somos, insisto, un muerto que está de vacaciones. Y no existe mejor momento para el recuerdo de nuestra fugacidad que la muerte de alguien de al lado. Cuando alguien que es vecino de nuestra vida se muere, lo sentimos tan al lado que es como si nos quemara la piel el asfalto donde él se quemó del todo, o como si el eco de su enfermedad nos entrara por los tímpanos hacia los intestinos. Y nos asustamos tanto que ovacionamos en el arrastre el adiós de quien se ha muerto. En vida no tenemos talento para el reconocimiento.
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