A la vista de esos mensajes por Internet en los que se celebran las cornadas y hasta la muerte de un torero, en los primeros momentos todos creímos a los enemigos de la Fiesta capaces de una barbaridad como la que nos sacó del tranquilo sopor del domingo.
Las primeras impresiones no siempre son acertadas. La explosión de ayer domingo en las inmediaciones de la Plaza de Toros de Bogotá, pocas horas antes de que comenzara la última corrida de la feria, hizo sonar todos los timbres de alarma sobre que los anti taurinos hubieran llegado al terrorismo más salvaje contra la Fiesta de los Toros. En los primeros momentos se habló de un muerto, lo que afortunadamente después se desmintió. Pero de todos modos los heridos fueron numerosos (alrededor de treinta) y la alarma social corrió como un reguero de pólvora.
Pese a la impresión, la corrida anunciada se celebró y con buena asistencia de público. Eso sí, las autoridades responsables del orden, cerca de dos mil agentes de policía, estrecharon el cerco a la Santamaría y el espectáculo se desarrolló con normalidad. Pero la verdadera noticia, aparte de la ausencia de pérdidas irreparables, ha sido que a la vista de esos mensajes por Internet en los que se celebran las cornadas y hasta la muerte de un torero, en los primeros momentos todos creímos a los enemigos de la Fiesta capaces de una barbaridad como la que nos sacó del tranquilo sopor del domingo.
Y es que el terrorismo internauta existe, es particularmente dañino y debería ser perseguido de oficio por la Justicia de todos los países donde se produce. Quienes son capaces de desearle la muerte a un torero e incluso a sus padres por haberlo engendrado, también lo son de poner bombas en los tendidos de las plazas de toros. De aquellas aguas vinieron estos lodos. Por eso es urgente que se legisle cuanto antes sobre los delitos informáticos, que incitan a la violencia y al crimen a un puñado de descerebrados con afán de notoriedad.
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Terrorismo informático
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