Todos los que tratamos de estar al tanto de lo que sucede en el mundo de los toros, lo intuimos de inmediato. Si un grupo de exaltados había cargado contra los espectadores después de intentar quemar el coso de Acho, Leonardo Anselmi no podía andar muy lejos. Al fin y al cabo un tipo tan vidrioso como el argentino no nace todos los días. Y Anselmi es pieza única. Es un genuino agitador de masas, condición que pone al servicio del mejor postor sin importarle la causa que haya que defender. Su especialidad es camuflar, entre quienes se manifiestan pacíficamente en defensa de sus ideas, mercenarios de decidido perfil delictivo, reclutados por él previamente, para convertir en actos violentos dichas manifestaciones. Lo de Acho llevaba el sello de Anselmi. Hablando en plata; era evidente que el trashumante aventurero con vocación de guerrillero urbano, que ha encontrado en el antitaurinismo un filón para llevárselo crudo, había entrado en acción en América.
