El desbordamiento de Manzanares en Sevilla viene a confirmar que el toreo no se acaba en un tremendo acontecimiento como el de Nimes. Es más: el toreo es una mascletá de grandeza cuando se encadenan gestos y arrestos de cuantos más mejor. José Mari puso almíbar a una temporada que tenía el vinagre de las lesiones con las manos surcadas de bisturí y con el horror de un punto final amargo. Pero hizo de tripas corazón y puso este último a la parrilla de la portagayola repetida por si había dudas; y al toreo de seda que le inspira la Maestranza. Es su casa, es el palacio de los Manzanares, padre e hijo, y hasta el crío, tercer José Mari que ya sabe en pañales lo que es pisar el albero, y añadimos a Pepe el abuelo si quieren. Grande Manzanares; y se quedó tras la mata Talavante que también puede dar la campanada cualquier tarde.
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