Con un espontáneo e irreprimible “¡Torerazo!” recibió a José Tomas, al entrar al callejón después de dar una apoteósica vuelta al ruedo, otro torero actuante aquella tarde. Fue en Castellón hace casi veinte años. Se celebraba un festival benéfico con los toreros vestidos de corto como es natural. El gesto de aquel torero que así rendía tributo de admiración a un compañero, quedó grabado de manera indeleble en mi retina. No creo que al hierático torero madrileño le haya sonado nunca mejor ni una ovación ni un olé. Ni que se haya sentido definido con mayor acierto por la mejor critica periodística, ni siquiera en el libro más ajustado a su personalidad de cuantos le han tenido como protagonista.
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