Rafaelillo, Robleño y Castaño han sido hoy los caballeros del pundonor con los miuras de Pamplona, como le cantara el poeta a Ignacio tras lo de Manzanares. Tres toreros dispuestos,...
Rafaelillo, Robleño y Castaño han sido hoy los caballeros del pundonor con los miuras de Pamplona, como le cantara el poeta a Ignacio tras lo de Manzanares. Tres toreros dispuestos, con una “miurada” que dentro de lo que es ese encaste ha habido de todo, gracias a la disposición de los matadores. Rafaelillo, sin opciones ante dos tigres que embestían a saltos buscándole la yugular, demasiado hizo con despenarlos con decoro después de intentar imposibles lucimientos. Robleño está en un gran momento, y se movió con torería delante del primer morlaco de su lote sin hacer caso de la leyenda que precede a los de Zahariche. En el segundo no hubo con qué, pero en ambos dejó patente que con la espada es gente. El público pamplonica aplaudió al pequeño-gran murciano y al ídem-madrileño al acabar sus faenas. Lo merecían…
Javier Castaño ha sido capítulo aparte. A su primero, por el que nadie daba un cañamón en el primer y segundo tercio, le presentó la muleta y le pisó unos terrenos como si tratara de un toro de carril de esos que lidian los figurones del toreo en las plazas de segunda y hasta en las de primera. Que quien puede, puede y los demás a formar con mosquetón y bayoneta. En el terreno de Dámaso González, cruzándose con él, acabó toreándolo con despaciosidad y cadencia sobre todo al natural. Castaño tiene el secreto del temple y por eso en sus manos el malo parece menos malo y el mediano, bueno. Comenzó la faena sentado en una silla y terminó elevando las palmas a clamor popular. ¿Quién dijo que en Pamplona el mocerío no hace caso de lo que ocurre en el ruedo? La plaza se convirtió en una nevada de los Alpes y el de la chistera concedió una oreja, donde debieron ser dos con un poco más de sensibilidad taurina del usía. El toro ya no las necesitaba y debió irse al desolladero sordo de los dos apéndices auriculares, porque la actuación de Castaño fue para eso. Lástima, porque al sexto, un regalito que buscaba rebanarles el cuello a los astronautas, acabó sometiéndolo y en determinados momentos obligándole a comportarse como si hubiera salido con intenciones de elegir la muleta para sus embestidas en vez de intentar arrancarle la cabeza al torero.
Definitivamente, Javier Castaño es la revelación de esta temporada y, salvo accidente en contra, va a quedar colocado ad hoc para que la próxima nos lo echen a perder con la babosa de carril.
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