Ya se han acabado las fiestas de San Fermín, y con ellas los encierros. Esos encierros organizados casi de manera perfecta y que creo que son un fiel reflejo de lo que ocurre en los festejos populares...

Ya se han acabado las fiestas de San Fermín, y con ellas los encierros. Esos encierros organizados casi de manera perfecta y que creo que son un fiel reflejo de lo que ocurre en los festejos populares del resto de la geografía española. La organización es muy buena, y se hace con verdadero esmero, pero ya se sabe, cuando salta el toro a la calle, todo se puede ir al traste, sobre todo si varios patanes quieren ser protagonistas. Por norma general hay demasiada gente que estorba y que da mala imagen a los que desconocen los motivos de porqué un hombre se puede jugar la vida en una rápida carrera sólo por afición. Suelen acabar por los suelos, con una cornada o moviéndose de manera patética buscando refugio cuando se dan cuenta donde se han metido, o cuando ya ha hecho mella en su organismo el alcohol o las drogas que ha consumido. En nuestras calles pasa lo mismo, y por más que se informe del peligro que conlleva estar cerca de un toro no se puede remediar. Hay gente pa tó. Pero luego está la otra cara, la de esa gente entrenada y preparada para templar al toro, que crean instantes emocionantes y que te hacen decir “olé” cuando los ves. Eso es lo que mantiene viva la Fiesta, lo que empuja a las nuevas generaciones a seguir con la tradición, con el rito. Hay que esforzarse por transmitir más ese mensaje, y no lo otro. Me encantaría que en los telediarios que todos los días se da el parte de heridos del encierro se hablara también de las carreras buenas que han protagonizado algunos corredores de los buenos, de cómo se han colocado en el sitio perfecto para coger toro y de cómo han salido de la cara. Se transmitiría el riesgo que corren y tal vez mucha gente se lo pensaría dos veces al entrar en el encierro si no se ve capacitada para hacer lo que hacen estos maestros. Pero esto no lleva morbo al gran público y sólo nos queda aguantar la mala imagen que nos dan, cantar el "pobre de mí” y esperar al chupinazo del año siguiente para seguir con nuestras fiestas, con la misma ilusión y las mismas ganas que nuestras anteriores generaciones. Es tradición.

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Tradición

Ramón Bellver 'El Blanco'

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Ramón Bellver 'El Blanco'

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