La desaparición de un ganadero emblemático como Juan Pedro Domecq Solís, se presta a algunas reflexiones para mejor comprensión de la realidad en que se mueve hoy por hoy la cabaña de bravo, base de la fiesta más nacional de todas cuantas se celebran en el solar hispánico. Fiesta que no es la de los empresarios, de los ganaderos ni siquiera de los toreros, sino la de ese noble y singular animal que es el toro bravo, orgullo de la fauna ibérica. Y no vale empeñarse en cuadrar el círculo tratando de dilucidar si fue antes el huevo o la gallina, enzarzándonos para ello en disquisiciones bizantinas a las que tan dados somos en estas Batuecas. Porque, no cabe negarlo, somos un pueblo de discutidores muy poco dados a dar nuestro brazo a torcer a favor de razones que no sean las nuestras. Como primera providencia convengamos en que sin el toro no hay espectáculo taurino posible. Por eso hay que insistir en las circunstancias por que atraviesa la cría de tan hermoso animal. Vale la pena intentarlo, aunque sea con la superficialidad de quien cree intuir algo sobre el comportamiento del toro en la plaza pero que ignora casi todo de su crianza. Pero con respeto y amor a todo lo que significa en este país la cultura del toro. Hay tres clases de ganaderos que se distinguen entre ellos por la filosofía que aplican a la crianza de sus productos.
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