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Último parte de guerra

Pese a no haber podido jalear verónicas de alelí ni series de naturales con la mano baja, los asistentes han disfrutado de una tarde de auténtico aguafuerte con muchas cosas para el recuerdo, como por ejemplo tres estocadas definitivas administradas por los tres toreros, a una por cabeza.

Vencidos y desarmados los seis miureños que habían tomado la cabeza de playa de La Maestranza sevillana, han sido enviados al desolladero por los valientes Dávila Miura, Manuel Escribano e Iván Fandiño, dos de ellos mutilados de sendos apéndices auriculares. Quiérase o no, enfrentarse a semejantes adversarios sigue siendo una heroicidad al alcance sólo de aquellos guerreros sobrados de testosterona. La gesta ha sido presenciada al son del cañón por un público de aficionados al arte de la guerra que ocuparon casi tres cuartos de plaza del aforo del coso del Baratillo.

Pese a no haber podido jalear verónicas de alelí ni series de naturales con la mano baja, los asistentes han disfrutado de una tarde de auténtico aguafuerte con muchas cosas para el recuerdo, como por ejemplo tres estocadas definitivas administradas por los tres toreros, a una por cabeza. Dávila Miura, que ha vuelto a la guerra después de nueve años de permiso se ha marchado lleno de gloria con una oreja de un toro de la casa en el chaleco. Fiesta grande esta noche, ¡seguro!, en Zahariche. En honor de Eduardo y bien merecida.

Escribano está hecho un tejón y ha brillado en el tercio de banderillas y con capote y muleta, demostrando que está preparado para hacer la guerra por su cuenta en cualquier plaza y ante cualquier enemigo, por legendaria que sea su leyenda de peligrosidad. Una oreja ha arrancado también el sevillano, para la metopa de sus trofeos de guerra. Fandiño lo ha intentado, pero, aunque se ha mantenido en primera línea de ataque toda la tarde, le ha tocado el lote menos propicio a dejarse vencer y en su caso se ha hecho realidad una vez más aquello de "lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible".

Y ahora me permitiré un desahogo que se que puedo pagar caro, en embestidas anónimas que lloverán sobre mi cabeza como dagas voladoras: Si en el toreo no hubiera más que esa clase de toros, el menda se retiraba de este espectáculo para siempre jamás. Como delicatessen una miurada al año no hace daño, pero muy seguidas no las aguantaría ni el que nació en Nochebuena.

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Último parte de guerra

Paco Mora

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