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Un bravo Román sube a los cielos de Madrid

Designio de los cielos. Debía ser eso. Anochecía en Madrid y la jornada pontificia había dejado un resquicio para la gloria terrenal. A Román, sonrisa de paciente complacencia, lo balanceaban en hombros por la puerta grande de las Ventas. Todo un sueño, algo semejante a la santificación pagana. El diestro valenciano acababa de descerrajar la puerta grande de la plaza más exigente del planeta. Después de tantos esfuerzos, temporadas de hierro y sangre (también de incomprensión) entendamos aquella procesión como justicia divina. Era la recompensa a una faena de descarnada verdad. No fue un triunfo menor ni residual ni dadivoso. Salió a triunfar y triunfó. Sucedió en su primero y de primeras, sin probaturas, aquí estoy. Desde ya, el valenciano se puso a torear firme y dispuesto sin importarle ni los mensajes que emitía el toro ni lo que dirá la catedra otras veces tan caustica, que en esta ocasión, de primeras, hay que reconocérselo, ahíta de emoción rugía sin más análisis, sin rastro de si el torero estaba colocado o no ante aquel toro expreso, que así embestía el de Victorino, como un tren, furioso, bravo, emocionante.

Eso es lo que tuvo la faena, emoción, justo lo que debe ser el toreo. En cada muletazo silbaban las balas de la casta indómita de un victorino de los que le dieron fama a la divisa. El toro salía de la reunión fuerte y codicioso para volver fuerte y codicioso y allí encontraba siempre la muleta de Román, firme y segura. Cualquier duda hubiese sido una condena. No la hubo. Con una mano y otra en series rematadas en espléndidos pases de pecho de pitón a rabo. La cosa iba de bravo a bravo. Nunca se amilanó Román, ni dudó, dudar hubiese sido perder ante aquel torrente de bravura. Ponía la muleta y esperaba a pie firme el encuentro que se repetía de inmediato. Entenderán que no cupiesen los análisis técnicos ni las sutilezas estilísticas. La faena fue una congoja. Cada vez que pasaba el toro era un milagro. Nadie sabía que iba a pasar, en realidad nada que le importase al valenciano que aguantaba el pulso con su media sonrisa, su sonrisa de valiente. La faena tuvo tres momentos clave: el ponerse a torear de primeras sin probaturas, aquí estoy yo; un segundo momento importante para redondear el triunfo fue una serie final, por si faltaba algo, sobre la mano derecha sin espada, con la ambición necesaria para rematar la obra; y un tercero y definitivo, cuando tiró del toro hacia las afueras para estoquearlo con la misma verdad con la que lo había toreado. Allí donde las barreras se ven en la lejanía, toro y torero culminaron la obra con una estocada al encuentro y una muerte de bravo. Soberbio y definitivo colofón, lo que merecía la obra muletera del diestro de Benimaclet. Ninguno de los dos se rindió. En su segundo no tuvo opción, tampoco los compañeros tuvieron suerte ni gracia, que es lo que se dice cuando no hay gloria.

Todo ello sucedió en jornada de lo más clásica, el día de los victorinos en Madrid. Casta, bravura, leyenda… y papel acabado. Todos en pie. Y miedo, sin miedo no habría valor y en tardes así es muy muy necesario. La grey torera se había quedado sin siesta. A ver quién duerme con lo que esperaba en chiqueros. E incluyo a Román que confesó haberse quedado en pie a ver el Papa. Desvelado, y visto lo visto, bendecido, eso seguro. Oscurecía en Madrid y en un margen de la pontifical jornada, un espacio para la gloria más terrenal, la que conquistó el diestro valenciano. Se habla de triunfos con historia, el de Román va a ser uno de ellos. Diecisiete orejas, suma ya en Madrid. Tómenlo de una puñetera vez en serio.

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Un bravo Román sube a los cielos de Madrid

José Luis Benlloch

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