Joaquim Manuel Murteira Grave, que murió con 90 años cumplidos hace dos semanas, fue ganadero de bravo durante casi medio siglo. “El ingeniero Grave”, entre aficionados portugueses, porque la profesión entra en categoría nominal cuando es de relieve y porque el apellido paterno se pospone al materno en los usos lusitanos. “Toros de Murteira Grave”, cuando se aludía al criador de manera específica. Y se sigue aludiendo porque la ganadería, anunciada desde 1958 con el nombre y los apellidos de su único dueño, pasó en 2002 a llamarse Murteira Grave. Sin el nombre de su gran muñidor, pero con su espíritu.
Don Joaquín fue, dentro de la línea Parladé-Gamero Cívico-Pinto Barreiros- Guardiola Soto, un ganadero extraordinario. La dignidad tan significativa del don por delante, como en el caso de don Álvaro Domecq, le cumplía perfectamente. No por falta de llaneza –hombre de exquisita educación, era en el trato de una cordialidad insuperable- sino porque era de señorial espíritu, a la manera de los antiguos ganaderos vocacionales. Los ganaderos rigurosos, independientes, perseverantes, fieles a un criterio, idealistas, tal vez “románticos”, como los llamó hace tantos años en feliz invención Luis Fernández Salcedo. Es decir, don Luis Fernández Salcedo.
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Un ganadero romántico
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