El Fino ha escrito hoy una página histórica en una plaza que lo adora, pero cuando está bien de verdad. Porque yo he visto como cuando al de Arrecife de La Carlota se le va un pie en ese ruedo no se lo perdonan.
El Fino, el de Córdoba -¿es que hay otro?- ha puesto hoy la Plaza de los Califas boca abajo. Le ha metido la cara en la muleta un toro de Núñez del Cuvillo con un pitón izquierdo de oro, de esos que descubren a los toreros tecnócratas incapaces de crear arte, y lo resuelven todo con trapazos al por mayor, y ha vuelto a dar un curso de buen toreo, pero de un toreo de calidad superlativa que ha encontrado eco en esa capital que cuenta entre sus ídolos a Lagartijo, Guerrita, Machaquito, Manolete y El Cordobés, salvando todas las distancias que se quiera pero que también tenía lo suyo y a pares. El Fino ha escrito hoy una página histórica en una plaza que lo adora, pero cuando está bien de verdad. Porque yo he visto como cuando al de Arrecife de La Carlota se le va un pie en ese ruedo no se lo perdonan.
Pero es que además hoy, El Fino ha traspasado el fielato de la torería; ha sublimado la perfección con el capote y la muleta, empapados en arte puro de sello inconfundible, para entrar en el capítulo de la genialidad. El público en pie pedía el indulto para Labrador y el presidente no lo ha concedido. Quizás algún detalle del comportamiento del cornúpeta le decidiera a negarse. Pero entonces El Fino, cuando se ha hartado de darle naturales y hacerle las mil diabluras y filigranas engarzadas como diamantes en una faena de ensueño, se ha negado a matar a tan buen colaborador. El escándalo ha sido mayúsculo. Y aún más cuando, después de sonar los tres avisos, ese genio que anda suelto en los entresijos del toreo, ha liado la muleta, se ha echado la espada al pecho y le ha soplado al toro de Núñez del Cuvillo un sopapo definitivo. Jolgorio en el tendido, cabreo en el palco, multa y a hablar en restaurantes, cafés, peñas y corrillos hasta la madrugada -que para eso es feria- de la genialidad del próximo califa del toreo cordobés.
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Un genio anda suelto
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