La roja, el toro y los sanfermines. Eran las tres miradas diarias desde Pamplona. Y de reojo: Cataluña, la ridícula, la cateta, la que con sabor a polilla provinciana tiene ínfulas soberanistas y trata “al resto de España” como si fuéramos basura o apestados. Maldita sea. El día 28 de este mes pueden cargarse los residuos nucleares de la fiesta de los toros en Barcelona. Háganlo y váyanse a la mierda, que diría el recordado Fernán Gómez, a ver a dónde llegan. Porque además mienten siempre interesadamente. Un millón y pico de soberanistas pidiendo la independencia. Falso. Dicen los expertos que no llegaban ni a cien mil. Y así todo. Yo ya lo he dicho y lo he escrito. Quiero y respeto la Cataluña que fue avanzadilla de la modernidad en la época de Franco, donde catalanes y gente que llegábamos de otras provincias peleábamos por la libertad en los conciertos de Raimon, el padre de la nova cançó, amparado en Cataluña, pero valenciano de Xàtiva, habitante del “carrer blanc”; o de Llach o de Ovidi, de tantos y tan bravos. Pero ahora esta Cataluña politiquera y cicatera, pesetera y puñetera nos quiere cortar lo poquito que queda de toros para sentirse “más catalanes, más nación, más país, más no sé qué, ni me importa”.
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