Los milagros deberían ser, sobre todo, para las buenas personas y la gente honesta. En esos parámetros, Paco Ureña es un ser humano sobresaliente. Todo lo que ha sucedido en su vida tiene la pátina de la honradez, la lucha, la bondad y la entrega a un duro y maravilloso oficio. José Antonio Campuzano, que junto a Santiago López, es el mejor veedor y hacedor de toreros (ahí está la perla del Perú arrasando), fue apoderado de Paco. Años duros, sin la suerte esperada, pero sirvieron para macerar en la complejidad a un torero de pureza que estallaría años después. Paco es pureza. En casi todo. En su sentido del toreo, en la amistad, en los afectos y en los sueños. Su tren tardó en llegar a la estación. Pero ya saboreó la gloria y su repetida pureza fue ganando plazas, entre ellas, la más dura y la más clara, Madrid, Las Ventas. Ahora nos debatimos entre la desgracia y la esperanza. No sé si recuperará la visión del ojo. Ojalá. No sé, y no sabemos todavía, cómo se cierra este capítulo doliente. Lo que sí sé, porque llevo siete años aguantando y aprendiendo de mi hermano Padilla, que esta no es gente de tirar la toalla. Sea como sea, Ureña volverá. Tan torero y tan humilde, tan valiente como merecedor de que el arco iris de la fortuna, y de la calma, va a iluminar su futuro.
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