El toreo debería recuperar lo que ha perdido: la sorpresa. Porque hemos metido a la corrida en los parámetros de lo previsible. Hay una previsibilidad reglamentaria que no ayuda al toreo en nada: tercios, normas, textos a cumplirse de forma reiterada. Entiendo que la norma escrita no pueda, jamás, hacer una lectura conceptual de un toro determinado, de una tarde determinada, de cada tarde o de cada toro. Porque lo escrito queda por años y para años. Y por tanto, donde dice una vara es un mínimo, donde dice dos, son dos mínimos, donde dice lo que dice así ha de ser. Da igual cómo sea el toro, la tarde o lo que suceda.
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