Conocí Colombia en el invierno de 1991, en el año de un colombiano grande llamado César Rincón. Un héroe nacional, un orgullo nacional, una bocanada de aire fresco para un país que necesitaba el orgullo de sus triunfadores para mitigar el enorme dolor de su mala imagen.
Mala imagen en el escaparate, porque en la trastienda de la vida había un país y una gente afable, educada, que apenas encontraba trabajo, que vivía con sueldos miserables, pero que buscaba la felicidad en el trato, en la música, en la sonrisa, en la esperanza a plazo demasiado largo. Eran tiempos de un país con apenas infraestructura, con apenas trabajo, con un contrasentido brutal, excitante y mortal. De Colombia se decía que ojo con ir por allí porque está lleno de narcos; y de guerrilleros; y que la muerte no tiene ni siquiera precio.
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