Me compré un zippo con cachas blancas y una mariquita de nácar pegada. Que lo disfrute, me dijo el expendedor de Tabacalera mientras me entraba la tos. Luego supe que no fumaba. ¿Cómo puede ser tan degenerado un expendedor de tabaco que no fuma tabaco? Este vicio, que no me lo quito, me va a costar un disgusto. Por qué se empeñan en prohibirlo cuando estaba a punto de dejarlo. Me la ponen planchada para seguir fumando. Como esto del toro, cada vez que nos tocan los costados nos la ponen planchada. Somos bravos. Miro al zippo y me llamo hortera. Miro al toreo y no me llama nada. Miro al tendido de sol y sombra en Castellón y esos aficionados que se rascan el bolsillo y llegan a dejarse ver y oir desde Barcelona. Les hicieron poco caso.
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Un zippo con mariquita
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