Un implacable diluvio de casi diez horas forzó por primera vez en veinte años la suspensión de una corrida de sanfermines. En este caso, la siempre esperada de Cebada Gago. El ruedo de la plaza de toros de Pamplona aguantó como si nada. La brigada de operarios de la Casa de Misericordia hizo milagros. Al día siguiente, la arena era una alfombra.
- En Pamplona se ha gastado con los toros de Cebada Gago un cariñoso apelativo: los “cebaítas”. Porque, cuando ganaron fama a mediados de los 80, eran de menor calibre que cualquiera de los de ganaderías al uso
- Tres golosos jandillas: uno muy alzado de Vegahermosa de extraordinaria alegría que Diego Urdiales, fino a la verónica, lo acabó entendiendo despacito; y dos del hierro de la estrella
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