El suceso artístico del fin de temporada lo ha protagonizado Diego Urdiales en la Feria de Otoño, por la dimensión artística del mismo y por el escenario, el siempre difícil Madrid. El triunfo, inapelable, tiene una particularidad, lo ha logrado en una temporada en la que apenas ha toreado, seis corridas contando la de ayer en Zaragoza, y con un precedente que evita la sospecha de casualidad: en ese paquete de seis se incluye otra tarde en Bilbao a gran nivel en la que acabó cortando tres orejas a los toros de Alcurrucén alternando con las grandes figuras. En una y en otra se mostró como un torero de un perfil artístico muy atractivo y prácticamente desaparecido del muestrario actual, esa es su mayor cualidad, la de saber a nuevo pese a ser el de siempre. Estilo en el que hay ausencia de crispación a favor de la naturalidad, renuncia del histrionismo tan en boga entre los jóvenes, un uso del valor en beneficio de la templanza y algo muy importante, nada es previsible, ni siquiera la capacidad del propio Urdiales para poner en pie su concepto con la frecuencia que exige el sistema, por eso cuando surge es tan cantado, por su calidad y por escaso.
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Urdiales, el suceso de Madrid
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