No hace mucho, escuchaba a un joven recortador de Meliana, al recibir un premio, que él cuando estaba delante de un toro, se le iba la cabeza. No eran las palabras exactas, pero el mensaje estaba claro, al enfrentarte al bicho, parece que entres en un mundo paralelo lleno de sensaciones inexplicables...

No hace mucho, escuchaba a un joven recortador de Meliana, al recibir un premio, que él cuando estaba delante de un toro, se le iba la cabeza. No eran las palabras exactas, pero el mensaje estaba claro, al enfrentarte al bicho, parece que entres en un mundo paralelo lleno de sensaciones inexplicables.

Los que no han podido sentir lo que es estar delante de un toro siempre preguntan: ¿Vale la pena?. Mi respuesta siempre es la misma: Sí. Vale la pena porque lo que se experimenta al hacerlo, difícilmente se puede sentir en cualquier otra faceta de la vida. Se puede aproximar, pero nunca igualar.

Por ejemplo, en un combate de artes marciales o boxeo, miras a tu rival, lo estudias, le atacas, te defiendes y sientes esa adrenalina fruto de la contienda. Pero no hay arte. El pintor, escultor, cantante o cualquier otro artista que muestre su obra siente el arte, pero no la adrenalina y el miedo de estar jugándote la vida. Delante del toro se junta todo.

Para ello, por supuesto, tiene que haber una base de técnica y conocimiento que te ayude a dominar al animal. Si no lo dominas, posiblemente te domine él a ti y entonces ni hay arte, ni hay nada, sólo dolor y miedo, mucho miedo. Y el que diga que no, o miente, o no estamos hablando de lo mismo, ya que es fácil que su base de conocimiento sea nula.

Cuando ves a los grandes maestros cuajar un toro y les miras a la cara, te puedes hacer una idea de lo que es “que se te vaya la cabeza”. Entrar en ese mundo de sensaciones, donde ya no entra en tus planes proteger tu cuerpo, porque te olvidas de él. Donde hay una explosión de emociones retenidas al acabar el embroque. Donde notas “algo” que fluye en ese baile con la muerte, eso que llaman arte. Son momentos únicos, irrepetibles. Salen a la perfección muy poquitas veces. Y en su búsqueda van esos hombres que se enfrentan de tú a tú con la bestia.

Pero cuidado, el precio que se puede pagar por ello puede ser muy alto. Los profesionales tienen reconocimiento personal, salarial y público, pero el aficionado de la calle solamente tiene el personal. Mantener en orden esa paz interior que por culpa de la dichosa afición se desbarata. Entonces, hay que pensarlo bien y preguntarse, ¿vale la pena?

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¿Vale la pena?

Ramón Bellver 'El Blanco'

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