El arte del toreo bajó del cielo. Era lleno de gracia como el Ave María. Próxima estación, la gloria. Morante en estado puro. El toreo sin adjetivos...
El arte del toreo bajó del cielo. Era lleno de gracia como el Ave María. Próxima estación, la gloria. Morante en estado puro. El toreo sin adjetivos. ¡Ay, quién supiera escribir para poder contar a quienes no la han visto la levitación torera del de La Puebla en la arena morena de Bilbao! Fue como una aparición, la consagración de un sueño. ¿Pero se podía torear así? Y Bilbao se volvió loco. Dice el genio que venía pensando en una faena así desde sus comienzos. Y ha ido a plasmar su obra cumbre con el toro de Bilbao. Un toro que necesitó primero un lidiador y lo tuvo. ¿Quién ha dicho que la técnica es enemiga del arte? Mentira podrida. Para torear así primero hay que poderles a los toros. Y vino lo que tenía que venir; la emoción de la obra de arte al alcance sólo de los privilegiados en toda la historia del toreo. Así se nace, y en el caso de Morante la comadrona rompió el molde. Y ahora que sigan graznando los que se empeñan en convertir el toreo en una religión, y en su sentido inquisitorial tratan de echar a la hoguera a todos los toreros presentes y pasados que no se inmolen a lo bonzo cada tarde. La mejor crónica del suceso la ha hecho El Juli con pocas palabras: “Me he vuelto loco”. Julián, maestro, eres grande; nos vemos en el manicomio. Ya somos dos.
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Y Bilbao se volvió loco
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