Habló el oráculo. En este caso Morante. Lo veníamos esperando desde el mismo día de su gloriosa retirada en Madrid. Volverá, escribimos, tictac, tictac… y volvió. ¿Dijimos retirada?... sí, dijimos retirada, al menos así se entendió cuando en los medios de la plaza de Madrid se desprendió la coleta. Morante se ha retirado, Morante subió a los cielos, fueron los titulares de un suceso que conmocionó el toreo y más allá del toreo. Bastaba con ver aquellos días las primeras páginas de periódicos e informativos para entender la trascendencia social del torero y del personaje. Se trataba de un nuevo logro, otro hito del sevillano, retirarse en la cumbre, nunca Morante había sido más ni despertado tanta admiración como en la última temporada ni siquiera en la anterior o en la anterior de la anterior donde ya se había visto (y gozado) su exagerada dimensión de torero. Nunca antes se había mostrado más valiente ni más artista, ni había levantado tantas pasiones, ni había sido más reclamado; en realidad ya hacía un tiempo que a mayor gloria propia había borrado la línea hemisférica que ha separado históricamente a los valientes de los artistas de tal manera que no se podía torear más arriesgado ni más bonito ni más sentido; como ya hace ni se sabe el tiempo que derribó esa creencia actual de los toreros atletas y escultóricos, efebos forjados en horas y horas de gimnasio y carreras cuando el que debe correr no son ellos sino es el toro; en realidad nada que no condujese a creer que lo de este Morante era/es un regalo de los dioses enviado al rescate del toreo actual, tan herido en los últimos años por el desinterés social y una uniformidad estandarizada impropia.
Hay quien se escandaliza considerar su vuelta una informalidad, indúltenlo, vale la pena
La gloria de Morante ha venido a recordarnos que la grandeza del torero depende de un nosequé misterioso que te pellizca el alma cuando surge, lo que es una manera como otra de decir que se trata de una virtud que ni si aprende ni se explica, como antes ocurrió con Tomás o más antes con El Cordobés o Manolete, recordados a modo de galería de formas de lo más diversa para demostrar que no hay reglas ni cánones, ni fundamentos técnicos ni estéticos ni físicos que estén por encina de la personalidad de los personajes, tampoco de la jerarquía de los públicos que tienen la potestad de señalar a ese o a aquel o al de más allá y por descontado por encima de los cánones o los tópicos, de tal manera que uno puede ser hombre de breve condición física como Belmonte, o calvo como Rafael o tremendamente serio como Manolete o practicar aquel histrionismo rebelde como hizo Benítez que le permitió ciscarse de una vez con todos los cánones y santones que le negaban, en realidad uno puede ser como sea, que si tiene el nosequé, si engancha con la sociedad del momento, si pellizca el alma, no hay quien lo pare. Y el último que tiene ese nosequé es Morante, un nosequé tan revolucionario que unía, ahora sí que sí, arte, valor y estética, el nosequé al completo.
Estábamos en que habló el oráculo, en este caso el de La Puebla, para decir vuelvo, aunque en realidad nunca se fue, aquello fue un pronto que dejó al toreo compuesto y temblando, preguntándose ¿y ahora qué?... Afortunadamente sigue toreando, la retirada fue un arrebato, consciente o meditado, quizás fruto de la tensión de aquella tarde o quizás consecuencia de esos problemas de salud mental que le acompañan. Nunca se sabrá a ciencia cierta el motivo, aunque es muy probable y hasta le añade novela que sea esa última posibilidad la verdadera, al fin y a la postre muchos de los genios de la historia han tenido ese toque diferenciador que les alejaba de lo que todos entendían como necesario equilibrio. Será eso porque si no cómo iba a torear como torea, pasárselos tan cerca o encaminarse hacia la cincuentena con el hambre de un veinteañero. Algunos, bastantes, aficionados se han rasgado las vestiduras ante el anuncio de su vuelta por considerarla una falta de respeto o una informalidad. Les aconsejaría si me lo permiten que no se enojen, sean prácticos, disfrútenlo, que aun siendo cierta la informalidad merece la indulgencia por todo lo que ha hecho hasta ahora por la expectación que genera y en el peor de los casos rebájenle la pena, indúltenlo, de pecados mayores andan los hemiciclos llenos.
El sevillano tiene un nosequé que une, arte, valor y estética, el nosequé completo
Porque además, qué iba a hacer Morante si no torea; qué iba a hacer la afición en ese estado de novio abandonado en el que le había dejado la repentina tocata y fuga del sevillano; qué iban a hacer varios empresarios, especialmente el de Sevilla que en su primer año de gestión maestrante tiene, en realidad tenía, que buscar soluciones para compensar los cinco llenos de “No hay billetes” que la pasada temporada logró el de La Puebla; qué iba a hacer incluso el empresario de Madrid donde se le espera cual fuese un mesías redentor. Y no digo el de Valencia, que es el mismo que el de Madrid, porque lo de Morante se ha vuelto a cocer en la lejanía del Micalet y me da mucha pena ¡con lo mucho que hubiesen mejorado los carteles de estas Fallas con su presencia!

