El toreo actual, tan controlado en las alturas, tan injusto en su sistema, tan poco natural y tan brevemente competitivo, tiene, por tanto, tesoros ocultos. O mejor: tesoros que ocultan. Ahora resulta que un puñado de aficionados patrios, una legión de enamorados franceses de la Tauromaquia, algunos periodistas, no demasiados, Curro Romero que es fuente de arte vivo y Emilio Muñoz que solo dice lo que siente, teníamos claro que Diego Urdiales es uno de los toreros más puros, más clásicos, con más arte, sin milongas ni posturitas, de los que andan sobre la arena de la Fiesta. Ahora, su golpe en la mesa en Madrid, recuerdos de ese toreo sin fecha de caducidad, que de vez en cuando reaparece, de Pepe Luis, de Pepín, de Manolo Vázquez, suspiros de Belmonte en Andrés Vázquez, sabor a Chenel. Ese toreo tan de verdad, tan despacio, rebozado en el temple de corazones valientes, ya es un tesoro al descubierto. Pero hasta ahora no le han hecho, con perdón, ni puto caso.
Lea AQUÍ el artículo completo en su Revista APLAUSOS Nº 1933
