Lo vivido el jueves en la Real Maestranza tiene varias lecturas, pero me quedo con esta: ¡Que venga ahora el ministro Urtasun a decir que el toreo no interesa en la sociedad española, que tiene una incidencia insignificante!
Del ganado se puede decir que aceptable -pero mejorable- para que los tres toreros hicieran cosas muy importantes, muy bellas y algunas incluso trascendentales, como lo que hizo Morante de la Puebla, de lo que se va a hablar mucho tiempo, tanto que incluso algunos han dicho ya -y dirán en próximos días, meses y años-, que ha sido lo más grande jamás vivido en una plaza de toros.
Empezando por el más joven, Víctor Hernández, digamos que su presentación en Sevilla fue muy afortunada, pues con lo que tuvo enfrente hizo un toreo muy serio, de muchísimos quilates. Se espera mucho de este torero. De Juan Ortega digamos que también, por momentos hizo un toreo con la muleta y, sobre todo con el capote, de altísimo nivel. Es un torero que va a más, y su límite ni se sabe.
Pero el protagonista principal de la tarde era Morante. Ahora los públicos están con él, gracias a ese arte, duende o como quieran llamarlo con el que Dios le ha dotado y con el que es capaz en un solo lance o muletazo poner de pie a una plaza de toros. Su interés por suertes antiguas, el toreo con el capote a una sola mano, las tijerillas que dio ayer, citar sentado en una silla para poner banderillas, eso demuestra su interés por la historia del toreo. Por cierto, el par de la silla le salió mal, pero los otros dos fueron cumbres. Su faena de muleta fue buena, pero no la mejor que ha hecho en su vida. Lo importante de verdad fue cómo se vivió, eso es lo que tuvo y tendrá gran trascendencia, pues pasará a la historia como algo nunca vivido antes en la Real Maestranza. Me alegro por el toreo, por Morante y sus dos compañeros, y por todos los que lo vieron.
Foto: Arjona
