Nada era gratuito ni cabía señalar por esta vez a los caprichos de Sevilla. Había habido pasión, pero no obsequio. No se puede torear mejor. Ni más sentido. Ni más de verdad ni más creativo, hubo ocurrencia, sorpresa, también argumento, toreo de adorno y toreo de fundamento, cante jondo y alegrías. Toreo descargado sobre los talones y por ende cargado de compromiso y toreo como ocurrente solución, dicho en términos del gran Pepe Alameda, hubo apasionada entrega en el guion general y graciosa huida en los momentos de compromiso. Qué si no es torear. Pues eso, lo que hizo Morante.
Pasan las horas y crece la ola expansiva. Catarsis general en el planeta toro. Morantismo desbordado. Justamente. Oportunamente. Manda el arte. Sucedió en Sevilla, no había escenario mejor ni más apropiado. Consagración por los siglos de los siglos. Amén. José Antonio que estás en la gloria. En la del toreo, no se me atufen. Tampoco creo que haya otra más reconfortante. Ni más envolvente. Desde el sol a la sombra, elite y pueblo en pie clamaban vítores y hosannas. Eran pasadas las nueve de la tarde y una masa enfervorizada le sacaba en hombros del templo maestrante. A los nuevos gestores de la Maestranza, que tanto cuidan el detalle, se les olvidó tener preparado un palio. La ocasión lo merecía. Había motivos sobrados. Por menos sacaban en esta España de nuestros amores a otros. Fue la faena soñada, el verbo de tabernas y palacios, aquello de se atorea asín o asá que los juncales que en el mundo han sido relataban, se había hecho realidad. Se torea como toreó ese Morante. Pasadas las horas hay que convenir que su faena ha traspasado el territorio de los aficionados y ha añadido vigencia social el toreo, basta con recopilar titulares y columnas en los medios para comprobarlo.
En respuesta, poco después una procesión, una manifestación de fervor, reivindicación ideológica, en estos momentos en los que tanto nos agobian (o eso pretenden) melindres y cazadores de fortuna avanzaba por el ruedo. Cientos de chavalotes, la juventud al rescate del toreo, quién lo iba a pensar, balanceaban por el albero dorado del coso del Baratillo al ídolo que aguantaban entre satisfecho y dolido, ya saben, el arte, el bueno, el fetén, siempre se dijo que duele. Una vuelta y otra y directo a la Puerta del Príncipe que para aquel entonces mantenía firme los goznes en nombre del reglamento y de aquellas armas romas que habían impedido culminar la gran obra. Algún cabo había que dejar pendiente para la próxima. Lo llega a matar de una estocada del mismo rango que la faena y se tiene que retirar. Qué le hubiese quedado por hacer. Así que Morante quedó pendiente del volapié. En su caso y visto lo visto, gozado lo gozado, minucias.
El cancerbero de la Puerta del Príncipe, celoso de su responsabilidad, se mantenía firme ¡que no abro, que no! Y hasta le llegaron refuerzos armados ¡que no se abre! Y se acabó la película. O eso parecía. La masa insistía ¡A tomar viento el reglamento!... nadie cedía. La plaza por primera vez perdía la unanimidad y se dividía. Hay que guardar las formas. Los había que evocaban la salida de Manzanares, otra gran y justificada debilidad de Sevilla, cuando al alicantino lo sacaron en procesión por tan mítico pórtico sin haber cortado tres ni dos ni una oreja el día que se retiraba del toreo. Ese fue el argumento, el día que se retiraba. Era la compensación a toda una carrera. No es el caso, Morante, a Dios gracias, no se retira. Y si se le ocurre siquiera pensarlo se le vitorea. Una vez que se le ocurrió miren la que se ha armado. Mientras, Morante sonreía y se dejaba querer: Lo que digan los míos. Finalmente, los procesionarios volvieron sobre sus pasos y le volvieron a pasear por el escenario de la gran obra.
Hay que decir que la obra dejó el campo de batalla hundido en la depresión. De la cumbre se pasó al valle. Suele pasar, da la medida de lo sucedido, a más desbordamiento más desconexión. El auditorio agotado, la comparativa haciendo estragos, los comentarios en otro punto y el que venga detrás que arree. Arreó y de qué manera el joven Víctor Hernández, en la línea de otra leyenda, parado, sincero, sin violencias, prohibido los toques, todo a expensas del vuelo de su muletilla. No llega a antecederle Morante y la nota hubiese sido otra, pero hasta para el turno hay que tener suerte. La tendrá a poco que persista. Por cierto, mañana vuelve Morante. No será fácil repetir el impacto, aunque con este Morante nunca hay que perder la esperanza. Por si acaso que tengan preparado el palio.
El contrapunto de Morante en estos momentos es Roca Rey. Dos palos de la baraja muy distintos. No es una manca, al contrario, en la variedad está el gusto. Solo queda elegir. O mejor se quedan con los dos. No olviden que el mejor aficionado es aquel al que más toreros le caben en la cabeza. Otra cosa es el corazón. En ellos se valora el contraste, madurez y juventud, inspiración y arrojo, sinfonía y rock and roll. El sevillano crece colgado de ese don, el suyo, que Dios le ha dado, respaldado por los cánones; el peruano avalado por un corazón que parece no latir al borde del abismo, son procesión y son manifestación. Pasado el Domingo de Resurrección en el que coincidieron en el cartel, los dos gallos compiten a distancia esta feria. Los dos llenaron la plaza que es un parámetro que en los últimos años ha alcanzado especial relevancia en la necesaria defensa del toreo. Los dos sacaron lo mejor de ellos mismos.
Lo de Morante ya se lo he contado, lo de Roca fue un envidar constante ante un lote de toros desabridos y al reto de superar la resaca de la víspera, que ya se sabe que las catarsis toreras dejan un estado plúmbeo del que solo pueden escapar los elegidos. Roca lo consiguió en un claro ejercicio de responsabilidad, en su no rendirse. Las figuras se distinguen por su entereza en los momentos de máximo compromiso y ese era un reto que pesaba lo que un marrajo de capea. Los dos volverán a la Maestranza esta misma feria, el pulso se mantiene vivo.
Sería injusto decir que la feria, ni mucho menos el toreo, se acaba en ellos. Aarón Palacio y Víctor Hernández, un maño y un castellano, han levantado la bandera del futuro en Sevilla nada menos. Abajo las fronteras del arte. A la espera de alguna revelación, que la habrá, son futuro y también muy distintos entre ellos.
Foto: Arjona

