Qué bien traído ha estado ese reconocimiento que la Diputación de Albacete ha hecho a título póstumo al gran Dámaso González: Medalla de Oro, Honor y Gratitud de la Provincia. Seguro que hay muchos aficionados de todo el orbe taurino que hubieran querido que su provincia se hubiera sumado a tan justo y merecido homenaje. Desde luego de Valencia seguro que hay legión. Siendo de Albacete, a través de sus gloriosas actuaciones en el coso de la calle de Xàtiva, pero también por tanta bondad y generosidad como derramó durante su carrera con la afición de esta tierra, siempre se le consideró como propio.
Quien firma esta columna puede aseverar, y presumir al mismo tiempo, que si Dámaso fue un grande delante del toro, lo igualó o superó como ser humano. No fue su carrera un camino de rosas. Ni tan siquiera cuando entró a formar parte de la élite de figuras que enseñoreaban los carteles de postín. Se encontró sistemáticamente con una crítica excesivamente dura que tardó en reconocerle su gran aportación: el excelso temple que imprimía a su toreo. A tanta acritud nunca quiso salirle al paso y hubo momento que le dieron motivos sobrados. Su respuesta era entregarse cada tarde en favor de quienes sentía un gran respeto, los aficionados que pasaban por taquilla. Esa era su arma para imprimir la huella que finalmente ha dejado de torero poderoso y muy capaz con todo tipo de encastes y circunstancias.
Por todo ello, por las muchas tardes que nos hizo disfrutar, sobre todo en nuestra ahora cuestionada Feria de Julio, ciclo del que era muy difícil que no saliera como gran triunfador temporada tras temporada. Si alguien duda de su valía que se lo pregunten a los abonados del tendido ocho, terrenos que solía elegir para firmar sus apoteósicas faenas. Esos recuerdos, tan vivos en nuestro imaginario, motivan que los tres partidos con representación en la corporación manchega hayan otorgado por unanimidad semejante galardón, y me reafirman en mi creencia, en mi admiración nada gratuita, hacia Dámaso, una persona, un torero íntegro de los pies a la cabeza, en la calle y en la plaza. Gran Dámaso.

