En un país en el que los partidos políticos que nos gobiernan y los que aspiran a gobernarnos, así como la mayor parte de las instituciones, tienen más agujeros que un queso de Gruyere: ¿Cómo podríamos pensar que algo tan racial y tan nuestro como la Fiesta de los Toros, permanecería incólume a las corruptelas y trampantojos de los que la manejan y sus enemigos declarados? En tal tesitura, suerte tenemos de que todavía no nos apaleen a la entrada de las plazas y de que los toros salgan a los ruedos con dos pitones y cuatro patas.
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