Hubo un día en el que fuimos los primeros en ser globales. Mucho antes de que nadie acuñara tal término, globalización, ya lo éramos. Había una Fiesta de ida y vuelta desde aquí hasta América, casi un río continuado cuyo potencial económico, social, cultural y hasta político, no lo tenía ninguna otra actividad. La tendencia de nuestra política, luego de años de aislamiento, fue mirar a Europa y, al mismo tiempo, abandonar aquellos lugares donde echamos las raíces de una lengua común, una cultura similar, un concepto de vida social, familiar, religioso... comunes. Eso hicimos, quizá por una especie de papanatismo histórico de nuestra clase política que pensó siempre que ser europeos era la única forma de lavar un pasado entre belicoso y áspero. Lavar la España arcaica y abrirnos al aire de “lo avanzado”.
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