Sevilla ha dejado un regusto raro. Me refiero, claro, a la feria taurina de abril. Naturalmente hay cosas positivas; pero hay una que es todo lo contrario y que pesó como una losa. ¿Se imaginan lo qué es? Pues justamente eso: el toro moderno, somnoliento, aburridor, agotado, que va a acabar con la Fiesta y vaciar las plazas. Y ese toro estándar que se ha impuesto a diario en los grandes carteles es el culpable de los días marrones de la Maestranza. Toro de escaso trapío y de escasa casta y de escasa emoción y de todos los escasos que quieran añadir. Y no se dan cuenta, el monoencaste es la peste moderna y el error está en que buenos toreros pasan como alma en pena. Eso sí: ese bóvido no es agresivo, se para se hunde y nos basta con un lamento y un “qué pena con lo noble que era”.
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